Tal y como afirma el guionista Claudio Álvarez, definiendo a su compañero de viaje en los dibujos de esta versión del clásico relato de espada y brujería La torre del elefante, Enrique Alcatena es un ilustrador de civilizaciones, civilizaciones imaginarias en este caso, las de la era Hiboria.
Su arte inmersivo nos zambulle totalmente en los pasadizos del barrio más siniestro y peligroso de la ciudad de Zamora con una habilidad casi diríamos que cinematográfica.
Abre el comic una viñeta con plano en picado sobre el callejón por el que caminan dos prostitutas y su cliente víctima, seguida del equivalente a un plano americano de los tres personajes que conduce al juego final de dos viñetas en primer plano con las que concluye esa primera página dejando en suspenso la acción para comenzar la página siguiente saltando desde el trampolín de una elipsis cuyo protagonista es el cuchillo ensangrentado que sostiene una de las mujeres.
Una excelente y como digo muy cinematográfica puerta de entrada a esta fusión perfecta de géneros donde las aventuras de dan cita con la fantasía aportada por el flashback del elefante del título, a su vez híbrida con pinceladas de ciencia ficción, y el terror.
Y ya en ese breve arranque, Alcatena despliega un resumen dosificado de su arte que brilla como la mismísima joya de Yara que su estilizado y quizá el más visualmente posible Conan el cimmerio visto en el comic, se dispone a robar, desafiando la leyenda en un festival de dibujos detallistas que juegan con la luz como si un titilante foco iluminara los rostros de los personajes de la taberna recordándonos las charlas sobre miedos y mitologías de nuestros más remotos antepasados en torno a una temblorosa hoguera.
Si en el Conan de los comics Marvel dibujado por Barry Smith dominaba la flexibilidad y coreografía de un gran felino, y el de Buscema se expresaba desde la acción y el músculo como herramienta para describir al bárbaro creado por Robert E. Howard, en el Conan de Alcatena todo gravita en torno a los ojos, y las miradas de los personajes conducen la narración más que las acciones, mientras la arquitectura de los laberintos de la ciudad de los ladrones se impone en el diseño de las páginas.
Alcatena y Álvarez han sabido leer muy bien lo que una y otra vez lleva a los lectores a leer y releer los relatos, novelas y comics sobre Conan y en general las historias de espada y brujería: la capacidad que tienen para desvelarnos la maravilla de lo imposible que disfrutamos doblemente precisamente por ser conscientes de su imposibilidad, que distancia ese material de todo atisbo y todas las limitaciones del relato o novela históricos para instalarnos en una irrealidad fantástica que juega con los sueños y las pesadillas cubriéndose con la capa de la espectacularidad onírica, lo cual les otorga su carácter universal.
Junto a Conan contemplamos así en este comic "las nuevas columnas de mármol... las cúpulas doradas y los arcos plateados, los altares de los innumerables y extraños templos de Zamora".
Uno de los aciertos de Alcatena en el diseño de esos paisajes imposibles es la presentación de la torre que da título al relato partiendo desde una inmaterialidad que define y resume el carácter de relato fronterizo sumido en la tierra de nadie entre varios géneros de la historia que nos narra, para en la página siguiente, y jugando con el flashback, zambullirnos desde la memoria del protagonista en el primer encuentro de Conan con la leyenda de la Torre en una viñeta con ecos expresionistas en la que el dominio de las sombras vuelve a ser la clave para recordarnos que nos movemos en un tejido de irrealidad indefinida en la que todo es posible.
Entramos así con Conan en el nebuloso mundo del sumo sacerdote Yara, que encajaría bien entre los nigromantes, demonios, vampiros, Caligaris y Mabuses del cine expresionista germano del siglo pasado.
Pero lo más interesante del relato nos espera en su desenlace, donde el protagonismo de Conan cede ante el protagonismo de Yogah de Yag, ser que adquiere proporciones cósmicas narrando su pasado y el de su raza en un viaje a medio camino entre lo psicotrópico y las fábulas terroríficas de H.P. Lovecraft.

































