El pasado jueves llegó a las librerías el séptimo tomo de Capitán América de la Biblioteca Marvel reúne numerosos atractivos para ser uno de los más significativos de esta colección que recupera a los grandes clásicos marvelitas de los años sesenta.
Para empezar, cubre todo el arco de la trama del Cubo Cósmico empuñado por Cráneo Rojo para dominar y humillar al portador del escudo. A título personal recuerdo esta trama desarrollada en cinco números como un de las que más me marcaron cuando leí estos comics en mi adolescencia. Creo que hay varios motivos para que eso ocurriera.
En primer lugar es una historia sobre la perdida de identidad, tema que se sublima en la adolescencia, un momento en el que precisamente se sublima la propia imagen y se busca una validación ajena que facilite la aceptación e integración en el grupo o colectivo que nos rodea desde una exacerbación que desvirtúa el verdadero sentido y significado de pertenencia intoxicando desde la tendencia a la exageración la forja de una imagen impostada y en conflicto con nuestra verdadera personalidad.
En esa situación, la pugna que sostiene en esta trama Cráneo Rojo contra Steve Rogers, al mismo tiempo que este atraviesa una crisis de identidad convencido de que a lo largo de toda su vida el icono y la imagen de su alter ego heroico, el Capitán América, le ha impedido desarrollar una vida propia como individuo es una referencia muy cercana para lectores sumidos en la confusa tormenta de la adolescencia.
Por otra parte es igualmente significativa la fijación de un Cráneo Rojo obsesionado con destruir al Capitán América manifestada en un proceso de suplantación de la personalidad de este, en lugar de simplemente destruirlo.
En segundo lugar, este número es el paso definitivo a la madurez de la colección de Capitán América tras el paso por la misma de la brillante tempestad creativa y de exploración vanguardista de la narrativa que desató sobre la misma el maestro Jim Steranko. Eso convierte estos seis números en una prueba de fuego en la que se decidió si la colección iba a tener un futuro evolucionando hacia su madurez o iba a quedarse perdida en un limbo post Steranko.
Afortunadamente tras un trepidante número de tránsito en manos de John Romita, el arranque del arco del Cubo Cósmico en manos de John Buscema dio paso en el segundo numero del mismo a la entrada y permanencia de una de las etapas visualmente más sólidas de la época clásica del personaje en manos de Gente Colan. Y la fluidez del tránsito de Romita a Buscema y luego a Colan es un ejemplo de la eficacia de la alternancia de equipos creativos en esta etapa clave de desarrollo del personaje .
En tercer lugar, la saga del Cubo Cósmico es una de las psicológicamente más perturbadoras y maduras del Capitán América precisamente por su capacidad para materializar una especie de viaje psicotrópico que además materializa la convivencia en la sociedad estadounidense de paso de los años sesenta a los setenta de las fábulas de un pasado heroico y glorioso con un presente convulso que las resquebraja sometiéndolas a una realidad en la que los sueños se convierten cada día en pesadilla, situación que adquiere frente a la segunda era Trump que vivimos una rabiosa actualidad.
Y en tercer lugar, abundando en ese tema de sociedad estadounidense convulsa y fragmentada bajo el peso de una realidad que no sana con la aplicación del placebo de la fábula idealizada de la propia imagen del país que representa el Capitán América, este arco adquiere especial trascendencia por hacerse eco oportunamente del movimiento por los derechos civiles con la presentación de Sam Wilson, el Halcón, que vendrá a ser el socio más destacado del Capitán América y uno de los personajes de ficción afroamericano más destacados e influyentes en las viñetas estadounidenses.
Ni siquiera se le puede reprochar algún tema en el guión, como que la solución del problema que se plantea venga del exterior con la recuperación de un personaje supuestamente muerto cuya resucitación, como solía ocurrir en algunos guiones de Stan Lee, evidencia su propia fragilidad argumental explicándose en un flashback que instala en el relato general una cuña de subtrama que hábilmente no logra romper el ritmo de la trama principal e incluso contribuye a oxigenarla, lo cual tiene también su mérito.













