martes, 30 de junio de 2026

Libro: Un viaje y una búsqueda: El perro del sur, de Charles Portis

 

Después de un tiempo sin publicar aquí regreso para invitaros a hacer un viaje que no es un viaje, sino un paseo de autodefinición o de dibujo de la propia fragilidad mirando la fortaleza sencilla de los otros. 

Charles Portis es más conocido entre quienes todavía disfrutan del placer y el bálsamo de la lectura por ser el autor de una de las mejores novelas sobre el ya no han lejano pero siempre muy salvajes oeste, que además dio lugar a la película con la que John Wayne finalmente pudo llevarse un Óscar a casa y décadas después a una de las mejores películas de los hermanos Coen: Valor de ley.

Charles Portis había viajado y conocido otras culturas, otros lugares y a otras gentes de la peor manera en que se puede viajar y conocer otras culturas, otros lugares y a otras gentes: en una guerra muy muy lejos de su casa, al estilo estadounidense. Llegados a este punto cabe preguntarse si tanta sangre, tanto sudor y tantas lágrimas merecen la pena para utilizarlas como cemento de la forja de una patria como las han utilizado todos los imperios, pero ese es otro asunto. 

Como consecuencia de lo anterior, Charles Portis no estaba para bromas, no para farsas, ni tenía el cuerpo y la cabeza dispuestos para dejarse engañar sobre nada. Y eso es lo que garantiza que lo que nos cuente será interesante. 

Lo es en Valor de ley, y lo es en El perro del sur, que por otra parte son dos novelas muy distintas aunque ambas de articulen desde la fórmula de un viaje. 

El viaje aquí es el de un pringado que sabe que no es un héroe aunque viva a la sombra de la épica heroica de una guerra sangrienta y brutal como todas las guerras, el enfrentamiento de los estados del norte contra los del sur, regurgitado en una obsesión por los libros de historia y las biografías de algunos de sus protagonistas que lee y colecciona hasta un punto cercano a la obsesión y que pasa por el filtro de lo literario y lo académico, vendiéndose a sí mismo su enésima fantasía de reafirmación personal sobre el conocimiento erudito de las gestas ajenas. 

El protagonista ha iniciado muchos caminos sin llegar al final de ninguno de ellos hasta que su esposa escapa con su amante y éste le roba su coche, o mejor dicho se lo cambia por su chatarra de cuatro ruedas en un definitivo acto de desprecio. 

Y el protagonista emprende la persecución de los fugados hacia México en un nuevo camino de engaño donde va a encontrar todas las respuestas que necesita sobre sí mismo mirándose en los otros. 

El lector no debe esperar encontrarse con un tipo duro expatriado tipo Humphrey Bogart en Tener y no tener porqué esto no es un paseo de mitificación del antihéroe dañado escrito por Ernest Hemingway. 
Es simplemente un paseo hacia ninguna parte de un tipo más o menos corriente que se engaña a sí mismo diciendo que busca recuperar su coche cuando lo que realmente persigue no es tampoco a su esposa pérdida, sino más bien algunas respuestas sobre qué lo ha convertido en un tipo atrasado en su monotonía. 
 
Para ello sigue un camino habitual en los estadounidenses que han perdido el interés por su propia fantasía y mito y se va México,  sometiéndose a una especie de prueba que pone de manifiesto nuevamente la necesidad de mirarse en el espejo del otro para intentar explicarse a sí mismo. 

Por el camino encuentra a otros disparatados viajeros que intentan construir sus propios sueños, y pasea su mirada colonialista por la vida cotidiana del país vecino donde la supervivencia y el día a día común y corriente se convierten en un territorio de aventura para quienes solo son capaces de definirse desde la peripecia mítica y han perdido ésta en algún momento de su choque con la realidad. 

Lo que queda es una novela que nos lleva de viaje con sus personajes a un lugar en el que posiblemente también nosotros podríamos encontrar simplemente la vida. 
Que no es poco. 



jueves, 11 de junio de 2026

Ciencia ficción psicotrópica: A cabeza descalza, de Brian W. Aldiss

 

El ego de Colin Charteris, serbio con nombre inglés robado del creador de Simon Templar, alias El Santo, sirve como pista para introducir el tono neopulp que planea por toda esta novela de difícil pero no por ello menos estimulante y psicotrópica lectura, algo muy propio de la contracultura anglosajona de los años sesenta y setenta.
De ese origen procede el coche banshee que conduce el protagonista en su mesiánico periplo de predicación en un futuro cuyo carácter postapocaliptico recuerda algunos paisajes de las novelas de Kurt Vonnegutt en promiscuo aquelarre orgiástico con las fábulas alucinatorias y gamberras de William Burroughs.
El lector comparte desde el asiento de copiloto la materialización de los sueños de velocidad y despegue de la realidad al volante de ese banshee, que se me antojan una metáfora de viaje a lomos del LSD, puestos de ácido hasta las cejas y viendo cómo la realidad se aleja de nosotros mientras nos internamos en una mezcla de filosofía puesta en cuestión desde una parodia escondida tras frases lapidarias como "La verdad está en los instantes estáticos", que juegan continuamente con todos los típicos de los interrogantes sobre la existencia en un tono gamberro teñido de borrachera verbal en algunos momentos desesperantes para el lector, exhausto, y en otros sorprendentemente liberadores una vez que le pillas el verdadero tono de desafío humorístico a toda la novela en la que yo al menos veo accidentes de tráfico cercanos al gore de un David Cronenberg en Crash convertidos en pincelada descriptiva de los devastadores efectos de una sobredosis.
"Los dos coches habían llegado a arañarse; entre chocar y no chocar había muchos grados. Había experimentado la mayoría. Sólo había que mantener una vigilancia leve".
Todo en A cabeza descalza es un viaje de personajes abducidos a una catarsis comatosa y cosmológica justificada argumentalmente con el bombardeo de LSD llevado a cabo por Kuwait que ha cambiado definitivamente la realidad, violándola para convertila en el sueño bélico con resonancias del conflicto en Vietnam que bajo el nombre de Guerra de las Cabezas Drogadas ha subido a todo el mundo -menos la neutral Francia- en un viaje sin retorno.
Detrás de toda esa confusión y ese caos gamberro y entusiasta se ocultan un puñado de revelaciones que serían imposibles en un relatos más coherente y ordenado al que Brian W. Aldiss renuncia para revolcarse con su sátira de la serpiente Kundalini y las citas de Gurdjef, dejando que el lector extraiga su propia verdad bajo esas supuestas "verdades".
El tiempo es una telaraña que no se limita a avanzar hacia adelante sino en todas las direcciones por igual mientras las cosas y los yos inútiles que crean van siendo abandonados por el sinuoso, caótico e imprevisible camino de la existencia en esta psicotrópica lectura, un paréntesis entre el tiempo prealucinado y el tiempo postalucinado.
"Más puentes, caminos laterales, verjas de hierro, la Paz Interior cediendo el paso al tráfico rápido, sobre dos carriles, a la autopista, caminos sin fin cruzando la sobre columnas primitivas. Vías de ferrocarril, algunas muertas, canales, algunos llenos de juncos, un pobre idiota llevando un saco de patatas sobre el manillar de la bicicleta por un terreno inundado, caminos de a pie, caminos de bicicletas, pasadizos, nidos de orugas, escombreras, basureros, atajos, valles".
"Cada década del pasado conservada aún en algún momento triste".
"Aboliremos la palabra maravilloso, lleva implicaciones de fealdad en un sentido aristotélico. Solo hay gradaciones entre ambas. Son similares. No hay fealdad".
Saludemos a "los poderes creativos de la putrefacción". Saludemos a "la telaraña iterativa".
Publicada en 1969, este anticipo del cyberpunk desde el ocaso del profundo pozo en el que comenzaba a hundirse la contracultura, es un puente a la locura que une etapas de la ciencia ficción literaria, saltando el abismo del tiempo alucinado.




miércoles, 3 de junio de 2026

Caras

 


Clásicos Marvel: Cuando Spiderman era un cómic de terror

 Horror, terror y furor se daban cita en la colección de Spiderman cuando estaba en manos de McFarlane, que le metió tanta caña al asunto, incorporando abuso infantil y otros temas muy chungos a sus argumentos que acabo reventando la cabeza de los de la editorial Marvel, temerosos porque la cosa se les fuera de la manos cuando algunas tiendas suspendieron pedidos, a pesar de que el fenómeno iba como un tiro vendiendo ejemplares. 

Claro, McFarlane acabó cansándose de echarles un pulso y voló a otros paisajes más de su cuerda después de dejar algunas joyas como éstas, y trasladó todo su talento a Spawn, que también empieza por S y P, como Spiderman. 

Al final todo es cuestión de Percepciones. 

A nosotros nos queda imaginar cómo podría haber seguido el tema escuchando algún tema de SLIPKNOT 

Por cierto, pienso que McFarlane resuelve y explota en horizontal, pero brilla más siempre en vertical. 

El grito del hombre enfadado