Acodados nerviosamente en la barandilla que nos separa del abismo, la novela Pánico de James Ellroy contemplamos el jardin de las delicias, los abusos y la violencia de una ciudad de Los Ángeles subida a la trepidante ola de poder, dinero, sexo y corrupción que se dibuja en los primeros balbuceos de celebración de la era atómica.
Y lo curioso es que La Bomba, o mejor dicho, Las Bombas, no son lo más peligroso y destructivo de ese paisaje. Tampoco las drogas. Ni las perversiones que se deslizan como inquietas serpientes por los pasillos en los que pernoctan los lados más oscuros de las más rutilantes estrellas de Hollywood.
No. Lo más destructivo y letal es un policía corrupto que se recicla en alcahuete, muta en matón abusador y en asesino, componiendo el personaje principal de esta pesadilla que lo necesita como sangriento arquitecto del protagonismo coral que se reparten las víctimas y los verdugos de una pútrida sociedad de políticos, estrellas, cineastas y policías arrimados al sol que más calienta y a códigos puritanos en los que no creen.
Freddy O. Freddy Otash, da aquí un paso de gigante para convertirse en el personaje más enigmático y provocador de la galería de monstruos creados por James Ellroy, maestro de la actual novela negra, variante del relato policial que en las manos de Ellroy adquiere siempre proporciones de relato épico sin salirse de las coordenadas urbanitas de los laberintos criminales que construye. En esos laberintos, que Ellroy nos lleva a recorrer con el nerviosismo y la tensión acumulada de no poder dejar de leer, atrapados en el carácter adictivo de sus fábulas, conviven una mezcla de realidad y ficción, de insinuaciones y leyendas urbanas convertidas en materia prima para la intriga de este chute de adrenalina perversa por el que se pasean Elizabeth Taylor, James Dean, Burt Lancaster, Nicholas Ray, Rock Hudson, el futuro inquilino de la Casa Blanca JFK, Nick Adams, Sal Mineo, Natalie Wood, Marlon Brando, John Wayne, Steve Cochran, en una trama que gira en torno a varios asesinatos en serie, el rodaje de Rebelde sin causa, el ocaso del senador McCarthy y su Caza de Brujas contra comunistas y sus simpatizantes, y donde en realidad, los crímenes que finalmente se resuelven solo son una excusa para que Ellroy vuelva a erigirse como uno de los mejores cronistas del lado oscuro del sueño imperial estadounidense bordado en el sudor y sangre de sus perpetradores y de sus víctimas.
Pánico es una brutal autopsia de la fábula del éxito materializada en las fantasías de celuloide de los años cincuenta.
Merece tener su propia adaptación al cine, solo posible de la mano de un Martin Scorsese que fusionara para ella el tono de Uno de los nuestros con la tensión que nos deja exhaustos después de ver El lobo de Wall Street, un Denis Villeneuve que la tocara con la clave épica de sus películas de Dune o el Christopher Nolan de Oppenheimer.
Y lo.mejoe es que, a pesar de contar con el mismo protagonista y claves muy similares en algunos aspectos esenciales, Pánico tiene su propia personalidad y es distinta de la otra odisea urbanita de Freddy Otash escrita por Ellroy publicada posteriormente, Los seductores, de la que ya hablé hace unos meses en otro post de este blog.
Su tono y ritmo es distinto, como distinta es la década de los cincuenta de la de los primeros sesenta que Ellroy dibuja en Los seductores con Freddy O. investigando la muerte de Marilyn Monroe. Pero las dos novelas forman una extraordinaria pareja de baile en el recorrido histórico por los mitos de Hollywood que marcaron esas dos décadas.

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