Después de un tiempo sin publicar aquí regreso para invitaros a hacer un viaje que no es un viaje, sino un paseo de autodefinición o de dibujo de la propia fragilidad mirando la fortaleza sencilla de los otros.
Charles Portis es más conocido entre quienes todavía disfrutan del placer y el bálsamo de la lectura por ser el autor de una de las mejores novelas sobre el ya no han lejano pero siempre muy salvajes oeste, que además dio lugar a la película con la que John Wayne finalmente pudo llevarse un Óscar a casa y décadas después a una de las mejores películas de los hermanos Coen: Valor de ley.
Charles Portis había viajado y conocido otras culturas, otros lugares y a otras gentes de la peor manera en que se puede viajar y conocer otras culturas, otros lugares y a otras gentes: en una guerra muy muy lejos de su casa, al estilo estadounidense. Llegados a este punto cabe preguntarse si tanta sangre, tanto sudor y tantas lágrimas merecen la pena para utilizarlas como cemento de la forja de una patria como las han utilizado todos los imperios, pero ese es otro asunto.
Como consecuencia de lo anterior, Charles Portis no estaba para bromas, no para farsas, ni tenía el cuerpo y la cabeza dispuestos para dejarse engañar sobre nada. Y eso es lo que garantiza que lo que nos cuente será interesante.
Lo es en Valor de ley, y lo es en El perro del sur, que por otra parte son dos novelas muy distintas aunque ambas de articulen desde la fórmula de un viaje.
El viaje aquí es el de un pringado que sabe que no es un héroe aunque viva a la sombra de la épica heroica de una guerra sangrienta y brutal como todas las guerras, el enfrentamiento de los estados del norte contra los del sur, regurgitado en una obsesión por los libros de historia y las biografías de algunos de sus protagonistas que lee y colecciona hasta un punto cercano a la obsesión y que pasa por el filtro de lo literario y lo académico, vendiéndose a sí mismo su enésima fantasía de reafirmación personal sobre el conocimiento erudito de las gestas ajenas.
El protagonista ha iniciado muchos caminos sin llegar al final de ninguno de ellos hasta que su esposa escapa con su amante y éste le roba su coche, o mejor dicho se lo cambia por su chatarra de cuatro ruedas en un definitivo acto de desprecio.
Y el protagonista emprende la persecución de los fugados hacia México en un nuevo camino de engaño donde va a encontrar todas las respuestas que necesita sobre sí mismo mirándose en los otros.
El lector no debe esperar encontrarse con un tipo duro expatriado tipo Humphrey Bogart en Tener y no tener porqué esto no es un paseo de mitificación del antihéroe dañado escrito por Ernest Hemingway.
Es simplemente un paseo hacia ninguna parte de un tipo más o menos corriente que se engaña a sí mismo diciendo que busca recuperar su coche cuando lo que realmente persigue no es tampoco a su esposa pérdida, sino más bien algunas respuestas sobre qué lo ha convertido en un tipo atrasado en su monotonía.
Para ello sigue un camino habitual en los estadounidenses que han perdido el interés por su propia fantasía y mito y se va México, sometiéndose a una especie de prueba que pone de manifiesto nuevamente la necesidad de mirarse en el espejo del otro para intentar explicarse a sí mismo.
Por el camino encuentra a otros disparatados viajeros que intentan construir sus propios sueños, y pasea su mirada colonialista por la vida cotidiana del país vecino donde la supervivencia y el día a día común y corriente se convierten en un territorio de aventura para quienes solo son capaces de definirse desde la peripecia mítica y han perdido ésta en algún momento de su choque con la realidad.
Lo que queda es una novela que nos lleva de viaje con sus personajes a un lugar en el que posiblemente también nosotros podríamos encontrar simplemente la vida.
Que no es poco.

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