El ego de Colín Charteris, serbio con nombre inglés robado del creador de Simon Templar, alias El Santo, sirve como pista para introducir el tono neopulp que planea por toda esta novela de difícil pero no por ello menos estimulante y psicotrópica lectura, algo muy propio de la contracultura anglosajona de los años sesenta y setenta.
De ese origen procede el coche banshee que conduce el protagonista en su mesiánico periplo de predicación en un futuro cuyo carácter postapocaliptico recuerda algunos paisajes de las novelas de Kurt Vonnegutt en promiscuo aquelarre orgiástico con las fábulas alucinatorias y gamberras de William Burroughs.
El lector comparte desde el asiento de copiloto la materialización de los sueños de velocidad y despegue de la realidad al volante de ese banshee, que se me antojan una metáfora de viaje a lomos del LSD, puestos de ácido hasta las cejas y viendo cómo la realidad se aleja de nosotros mientras nos internamos en una mezcla de filosofía puesta en cuestión desde una parodia escondida tras frases lapidarias como "La verdad está en los instantes estáticos", que juegan continuamente con todos los típicos de los interrogantes sobre la existencia en un tono gamberro teñido de borrachera verbal en algunos momentos desesperantes para el lector, exhausto, y en otros sorprendentemente liberadores una vez que le pillas el verdadero tono de desafío humorístico a toda la novela en la que yo al menos veo accidentes de tráfico cercanos al gore de un David Cronenberg en Crash convertidos en pincelada descriptiva de los devastadores efectos de una sobredosis.
"Los dos coches habían llegado a arañarse; entre chocar y no chocar había muchos grados. Había experimentado la mayoría. Sólo había que mantener una vigilancia leve".
Todo en A cabeza descalza es un viaje de personajes abducidos a una catarsis comatosa y cosmológica justificada argumentalmente con el bombardeo de LSD llevado a cabo por Kuwait que ha cambiado definitivamente la realidad, violándola para convertila en el sueño bélico con resonancias del conflicto en Vietnam que bajo el nombre de Guerra de las Cabezas Drogadas ha subido a todo el mundo -menos la neutral Francia- en un viaje sin retorno.
Detrás de toda esa confusión y ese caos gamberro y entusiasta se ocultan un puñado de revelaciones que serían imposibles en un relatos más coherente y ordenado al que Brian W. Aldiss renuncia para revolcarse con su sátira de la serpiente Kundalini y las citas de Gurdjef, dejando que el lector extraiga su propia verdad bajo esas supuestas "verdades".
El tiempo es una telaraña que no se limita a avanzar hacia adelante sino en todas las direcciones por igual mientras las cosas y los yos inútiles que crean van siendo abandonados por el sinuoso, caótico e imprevisible camino de la existencia en esta psicotrópica lectura, un paréntesis entre el tiempo prealucinado y el tiempo postalucinado.
"Más puentes, caminos laterales, verjas de hierro, la Paz Interior cediendo el paso al tráfico rápido, sobre dos carriles, a la autopista, caminos sin fin cruzando la sobre columnas primitivas. Vías de ferrocarril, algunas muertas, canales, algunos llenos de juncos, un pobre idiota llevando un saco de patatas sobre el manillar de la bicicleta por un terreno inundado, caminos de a pie, caminos de bicicletas, pasadizos, nidos de orugas, escombreras, basureros, atajos, valles".
"Cada década del pasado conservada aún en algún momento triste".
"Aboliremos la palabra maravilloso, lleva implicaciones de fealdad en un sentido aristotélico. Solo hay gradaciones entre ambas. Son similares. No hay fealdad".
Saludemos a "los poderes creativos de la putrefacción". Saludemos a "la telaraña iterativa".
Publicada en 1969, este anticipo del cyberpunk desde el ocaso del profundo pozo en el que comenzaba a hundirse la contracultura, es un puente a la locura que une etapas de la ciencia ficción literaria, saltando el abismo del tiempo alucinado.


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