Descripciones paisajísticas inquietantes advierten en el comienzo de este libro de la pesadilla que espera al lector que se atreva a acompañar al protagonista, el monje del título, en su laberinto de pasiones humanas enfrentadas a sus anhelos espirituales.
Empeñado en su imposible camino de santidad y revestido con a polvorienta y caduca capa del iluminado redentor aprisionado en una jaula de intolerancia que primero le rodea y luego le consume como un fuego imparable desatado en sus mismas entrañas, el iluso monje Ambrosio se convierte en oportuno aviso sobre la humana tendencia a creernos llamados al papel principal en el gran guiñol de las tragedias morales.
Entre las montañas se dibuja así el boceto sangriento de una sucesión de malentendidos edificados sobre esa enajenación mental transitoria que es el deseo, a los pies de un cadalso que desde el primer momento se convierte en el centro geográfico contemplado por un buitre desapasionado que se alimenta de los sueños humanos.
Bierce, maestro del relato interior ahogado en mares de arrebatos pasionales incontrolados, nos engaña y disfraza un relato de terror con las galas de un romance pastoral que desde el principio huele a sangre derramada. Y lo hace con la habilidad de un cultivador cuidadoso y detallista de la novela breve capaz de llevarnos hasta los abismos de esa naturaleza humana en la que la razón perece estrangulada por el oscurantismo, el miedo y la ilusión de tocar la trascendencia desde nuestra nada más profunda.
Cualquiera de nosotros puede ser este monje y esta hija de verdugo. Solo hace falta que nos lleguen unas cuantas malas cartas en la partida de póquer que nos jugamos con la vida cada día en qué sigamos respirando.
O que abusemos del vicio de engañarnos a nosotros mismos sobre lo que realmente somos.

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